Por César Díaz-Cid.
No hay instrucciones previas para leer estos cuentos porque el libro se presenta solo. Desde el primer cuento se sitúa el paisaje que funciona de marco escénico en la mayoría de estas narraciones escritas a la manera de recuperaciones de una memoria que se enreda en imprecisiones de diversa índole. Tal vez esta memoria aparece deliberadamente confundida para subrayar el incómodo paso de los años. En estos relatos, cuyos narradores generalmente son protagonistas, se cierra la posibilidad de falsas omnisciencias. Así queda la impresión de que el narrador desconociera la significación que su experiencia tiene, previamente al momento de convertirla en relato. Quedan pues, expuestos al dictamen del lector esta suerte de confesiones que buscan una redención, o simplemente una excusa para hacer pública alguna vivencia que en su momento no tuvo aparente razón.
Aconsejo leer con atención el epígrafe que antecede a Lord Banana. Se trata de una cita tomada de Denis Diderot donde quedan rondando al menos dos cosas que reclaman los cuentos de esta colección: una es la posibilidad de la lectura oral, de una “voz” que platica a un “escucha”; la otra cosa es la advertencia que reza “este no es un cuento”. La escueta frase permite volver a la vieja discusión que separa o anula las diferencias entre lo que es ficción y realidad. Y además subraya el ejercicio reflexivo a que cada una de las narraciones de Miralles invita al lector atento.
Lord Banana y otros cuentos en su mayor parte dialoga (se corresponde) con formas literarias bien definidas y conocidas por el lector. De las diversas aristas que ofrece la narrativa clásica y la literatura popular, el cuento de terror predomina en este libro (“El abominable Chepo”, “La taza de Té”, por citar dos ejemplos). Tal como acontece con los hablantes de su poesía, los narradores de Miralles son ensayistas natos. Sus oraciones medidas y la aplicación de una lógica que congela los huesos, asoman a través de estas construcciones verbales siempre meditadas las que a pesar del uso inteligente del lenguaje tribal o del garabateo coloquial, resultan una combinación que hacen de estos relatos formas de alta literatura. Y esto es porque la recurrencia a la frase hecha, a propósito de nada, que habitualmente pulula en la narrativa contemporánea, escasea en la de Miralles, donde, por el contrario, predomina el sentido a pesar del sinsentido de las anécdotas que se relatan. Se trata pues, de relatos muy elaborados para ser vistos en primer lugar como piezas de literatura por sobre cualquier otra forma, aún cuando la capacidad y alcance de esta manifestación verbal (la literatura) es también algo que cae bajo sospecha. Aquí no se levantan monumentos a nada y cada personaje o historia puede ser, aparte de dudosa, potencial embuste, donde al lector, más que a solidarizar con lo que se le ofrece como lectura, se lo insta desconfiar de manera cínica (como ocurre en “El chamullo”). Mi experiencia previa de lector de Miralles me traiciona aquí, porque descubro que lo que acabo de apuntar es uno de los elementos más importantes en la poesía de este autor. Es decir, que escribir, o leer literatura, no es una acción superior, ni de salvación ante nadie ni ante nada. De acuerdo a esta poética, el acto de leer literatura es tan horrendo y sospechoso como el de escribirla. Y es precisamente ésta, la fórmula que articula de manera más eficiente los acontecimientos macabros donde se genera una necesidad de contarlo todo fríamente, tal como sucede en “El abominable Chepo”, o como se lo hace en “La taza de té”. Me es preciso aquí citar la manera con que se presenta el libro de poesía Los malos pasos del autor, donde interpela al destinatario de sus poemas muy cervantinamente, llamándolo “agresivo lector”. Esta fórmula es la que al parecer reclamarían los diferentes sujetos que cuentan sus historias a través de las páginas de Lord Banana y otros cuentos.
Dos notas sobre el paisaje de Santa María la Blanca.
Voy ahora a tratar un tema que me resulta delicado y que quizás sea lo más importante de todo lo que tengo que decir en estas notas. En cierta ocasión (leí/escuché), en mis tiempos de estudiante universitario, o quizás un poco después, un cuento de Rubén González, éste, si mal no recuerdo se titulaba “La estocada” y era la historia de un delincuente que armado con un punzón, sale a asaltar en una noche de invierno en aquella ciudad cubierta de niebla. De todo ese relato lo que más me impresionó fue el clima de terror que se podía lograr al describir un espacio que, por otra parte, siempre resultó para mí tan normal, tan natural y desprovisto de aquella tensión perturbadora que contagiaba la narración de González. Comienzo a tener la sospecha de que aquella neblina, que envuelve a la ciudad en los inviernos, es la instigadora número uno de la narrativa sureña, que tiende a privilegiar los temas horrendos. Las veces que yo mismo he incluido o descrito la presencia de esta neblina, ha hecho que el relato se convierta en un objeto de horror. ¡Cómo nos pesan las lecturas del viejo Edgar Allan Poe! Aquellas lecturas que hicimos en nuestra adolescencia. En Miralles, buen conocedor y admirador del escritor norteamericano, está naturalmente, su huella tatuada a fuego, particularmente en esa manía tan tristona que tienen sus personajes cuando arrojan detalles patéticos o espeluznantes.
El artilugio de la narración breve contemporánea, consiste, a mi entender, en la capacidad de trasmitir una estética determinada, y a través de ella una visión particular o no tan original de mundo. En suma, una filosofía. Pero son pocos los libros de relatos que son capaces de articular su propio mundo. Para ser más benevolentes, digamos que si bien cada libro alcanza en parte esta tarea, son escasos los que logran expresarla de manera consistente. Este libro de Miralles posee sus reglas privadas y se maneja a partir de ellas para configurar una visión de mundo que no abraza nada que no sea una cierta complicidad con la fragilidad de la memoria y una relación, a veces horrenda, otras, perturbadora, con el pasado. Digamos pues que en Lord Banana y otros cuentos la relación entre memoria y pasado aparecen como una naturaleza imposible de abarcar completamente a través del lenguaje, que miente y desfigura las cosas y que se engaña con sus propias trampas.
La ciudad que predomina en las narraciones es Santa María la Blanca de Valdivia. Los guiños a la literatura local abundan, pero la anécdota se aleja del centro de la pintoresca ciudad para inmortalizar el espacio del barrio. Son así los sectores viejos de la ciudad los que se incorporan a la ficción literaria. Este Valdivia no es el de las memorias de un González Vera, que en sus días de muchacho habitó los conventillos de la época, a comienzo del siglo XX, ni es la Plaza de la República, o las calles por donde transita el detective de Pedro Guillermo Jara. Miralles se las ingenia para mostrarnos otras veredas de la misma ruinosa ciudad, anterior al McDonald’s y al mall, mostrándonos también una curiosa manera de recordarla y de observarla.
Esto no es un cuento.
Al leer el título de esta colección me sorprendí mucho porque hace unos años atrás, cuando Miralles me envió el manuscrito, se llamaba el “Chamullo y otros relatos”. Dedicaré un párrafo breve para cada uno de estos dos cuentos, tanto al que daba el viejo título, como al que ahora invita a la lectura del libro.
El “Chamullo” me parece que es uno de los cuentos más representativos de la estética narrativa propuesta por Miralles. Personalmente, veo que en este cuento coinciden muchas matrices de la literatura que el autor ha venido elaborando en sus diversas maneras de expresión. Por un lado, se halla la desconfianza en la literatura y sus disciplinas afines. Por otro, la admiración por Jorge Luis Borges, lo que se deja leer a menudo en estos cuentos, altamente inclinados a la reflexión y al cuestionamiento de la capacidad del lenguaje para dar cuenta de la realidad. Miralles subraya además aquella insinuación de Borges de hacer pensar que el lenguaje es, incluso, un instrumento insuficiente para dar cuenta de la realidad ficticia que se genera dentro del espacio literario. Y a pesar de esta postura, abiertamente escéptica, se permite, de todas maneras, abrazar cierta complicada relación amorosa con la literatura.
En “El chamullo”, La anécdota va sufriendo transformaciones a medida que el narrador va contando el cuento, al punto que, llegado un momento, es muy probable que el lector se desentienda de la inicial autoridad racional del luego descorazonado narrador y lo tome por culpable sin más explicaciones. Por otra parte, valga apuntar que este es uno de los pocos cuentos que no está ambientado en Chile pues acontece en Argentina. Pero todo allí, partiendo del título, es parte de esa filosofía que nos convierte en estos seres tan particularmente escuetos y complicados que somos la mayoría de los chilenos: el chamullo es nuestra lengua vernácula. La que nos traspasa a menudo con su filosofía cambiante y poco precisa. A eso habría que agregar lo complicada que resulta a la hora de definirla o encasillarla. De allí que el sarcasmo profesional tiente, ya no al narrador, sino al autor que se solaza aporreando a una de las disciplinas más misteriosas de las actuales humanidades: la lingüística. Fondo del filtro social donde fue a parar lo que antes del derrumbe epistemológico de la modernidad reconocíamos como la filosofía, otrora madre de las ciencias. El “chamullo” pasa así de base temática de un cuento a configurar la telaraña que embauca al descuidado lector de toda la colección de narraciones. Y es curiosamente, el cuento donde más se piensa y se reflexiona sobre los alcances y limitaciones del lenguaje en general, desalentando a la literatura como posibilidad explicativa de la existencia y fustigando esa inocente convicción de aferrarse a la misma como fórmula de distracción.
Finalmente, resumo estos comentarios con el cuento que titula el conjunto. “Lord Banana”. Hace muchos años, en nuestros tiempos de universidad, quizás en alguna conversación que nada tenía que ver con la literatura, Miralles me contó la historia que articula este cuento: el viejo director de escuela que seduce a la joven maestra. Aquí sucede como en otros relatos donde se trata como temática la experiencia sexual en los años escolares, la iniciación en el arte amatorio que implica la complicidad con los iguales, o el aprendizaje al escuchar la sabiduría de los más viejos y más experimentados. Está aquí también, el espacio adecuado para el voyerismo, donde se reflexiona y presenta de manera descarnada el deseo y la imaginación adolescentes. Pero todos estos temas traman un mal contrato con el arte de la palabra escrita. Lo anterior responde a que la ridiculización de la institución literaria, cuyo epítome son los concursos literarios, genera aquí una comedia de enredos que desencadena la participación de todo el aparato social que circunda a la institución educacional, implicando a padres, apoderados, estudiantes y profesores. Todos participantes como protagonistas o espectadores de una orgía descarnada que se repite bajos distintas fórmulas a través de los años y de la cual se busca redención a través de la vía confesional. Espacio para que el lector se moje los labios y decida si avanza o cierra el paso a este juego literario; a este ejercicio de voyerismo; a este coito clandestino. La madeja que se enreda a partir de los problemas de la sexualidad adolescente, los abusos del poder, la institución educacional en tela de juicio, sumados a la evocación como acto fallido, resultan la síntesis del fracaso de la literatura por abarcar desde una etíca dichas conductas sociales. La incapacidad para evocar de manera precisa el pasado conlleva además, el reconocimiento de la imposibilidad de reclamar justicia: es necesario sintetizar a través de una narración ficticia (“Aniushka”) el horror de los años vividos bajo el terror de estado. La burla a los concursos literarios articula el estado acrítico por el que atraviesa además un amplio sector de la producción literaria chilena del nuevo siglo, que se desentiende de la problemática social para abrazar el mercadeo y los anaqueles de las librerías de los mall. Se entiende así por qué es en “Lord Banana” donde Miralles encontró el termómetro que señala la gradación de su importante propuesta narrativa.
Actualmente es docente de la Universidad Central de Chile y de la Universidad del Mar.
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