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La escritura encontrada; el proyecto poético de Jorge Torres


La obra de Jorge Torres se inicia en plena dictadura con un delgado volumen titulado “Recurso de Amparo” (Valdivia, 1975). La leyenda afirma que este es el primer libro publicado durante la era Pinochet. Si tal cosa es cierta, y parece que lo es, Torres habría sido el primer intelectual chileno en iniciar el lento y soterrado movimiento de resistencia en contra de la dictadura. Desde un comienzo pues, su poesía se inserta en una dimensión ética que es la que articula la totalidad de su obra.

Sin embargo, no es el propósito de estas líneas ahondar críticamente en dicha dimensión, sino señalar apenas, un par de cosas que a mi juicio podrían contribuir a un mejor conocimiento de uno de los poetas fundamentales de la poesía chilena de fines del siglo XX. En este sentido, lo primero que cabe señalar es que la obra de Torres no puede comprenderse si se sitúa demasiado lejos de su tiempo y de sus circunstancias. Y ello no significa solamente que deba leerse haciendo el esfuerzo de entender al hombre que firmó los poemas de sus sucesivos libros, sino y sobre todo, el gesto deliberado de anclar su poesía en una contingencia, cuyas caras, colectiva y personal, son los temas explícitos de su indagación poética.

En una primera etapa, su sensibilidad discurre por el campo temático abierto por la poesía inmediatamente anterior. Sin embargo, el suyo es, si cabe decirlo, un larismo sombrío que instala una desconfianza profunda y trágica sobre aquel territorio que ya no parece más un espacio alternativo a la modernidad. El cinismo dolorido que alimenta gran parte de los textos de esta etapa, es más que nada una argucia estética que nos revela un sujeto que ya no sabe imaginar una salida. Esto no debería extrañarnos, esta poesía primera viene del gran y último fracaso de la modernidad en Chile. Es decir, del último intento de la razón ilustrada por instaurar un sistema político más justo y progresista. De aquella lejana “vía chilena al socialismo” cuyo trágico fracaso produjo uno de los capítulos más tétricos y sangrientos de nuestra historia. Sabemos que Torres compartió aquel proyecto y, por lo tanto, su escritura recoge gran parte del dolor de aquellos días.

Otra dimensión que su trabajo explora es el de la enfermedad. Su notable colección titulada “Poemas Renales” intenta con éxito situarnos en la perspectiva de un sujeto sometido a los estragos de la enfermedad. La enfermedad en estos textos alcanza un simbolismo que parece convertir la experiencia humana del dolor en la instancia fundamental desde la cual la vida debe ser comprendida. El sufrimiento no es sino la clave que nos permite comprender cuán vivos estamos y cuál es el sentido de la aventura de estar concientes. Y dicha conciencia es, sobre todo, la de la precariedad del lenguaje; punto de conexión con los otros y refugio contra el desamparo. No obstante, no se trata de la palabra en sí, sino de una palabra cuya justeza es la única garantía posible de salvación:

Bien lo sabíais;
tratábase de una cuestión de palabras
(y de su fe irrenunciables en ellas).
Eso sí,
de mixtura y proporción exacta.
Ustedes,
los ufanos verborreicos
no bastáronles el desangre de esos días
en que campeaba la anemia
tanto y tan perniciosa.
Desatendísteis las palabras que importaban
dándoos con gula al festín parlante.

(Status de naufrago. Poemas Renales, 1993)

Palabras de mixtura y proporción exacta eran las palabras que en aquel momento importaban. Y aquí la acusación del poeta contra los compañeros de oficio es terrible al reprocharles nos serles suficiente la situación política de desangramiento en que se encontraba el país, aquella anemia que tal vez tenga una doble lectura (literal y cultural). El uso preciso del lenguaje tiene así un sentido ético en tanto representa el esfuerzo por instaurar una conciencia; una lucidez que en ficho momento histórico era un imperativo que hubiese permitido escapar de la enfermedad.

Es evidente que los poemas de este período se hallan atravesados por un doble sentido que debe leerse en el plano de lo personal tanto como en el de lo colectivo. La idea de la postración a que su propia enfermedad le somete halla su contrapartida en la postración en la que el país parece encontrarse. Pero, más aún, la propia condición de enfermo es también doble en la medida que es la condición de alguien que se halla sometido a la tarea de dilucidar el sentido de su propia existencia y de su incierto futuro:

“Yo

el dialítico

el dialéctico

especulando qué hacer

cuando la barca de Caronte zozobre y

aferrado a la mísera condición destas palabras

mantener el exiguo

status de naufrago…”

(Status de naufrago. Poemas Renales, 1993)

Este dialítico / dialéctico no puede sino imaginarse como alguien a quien la fortuna le ha sido adversa y debe asumir la condición exigua de un sobreviviente que se aferra, como último recurso, a las palabras. Palabras que, aunque justas y precisas, no tienen otra condición que las de ser míseras.

Por cierto, quienes conocieron al poeta, saben cuán cerca estuvo su poesía de su propia historia personal y de las circunstancias históricas que le tocó vivir.

Acaso a raíz de todo ello, Torres pudo desarrollar aquella especial sensibilidad frente al lenguaje que caracteriza a toda su obra. Sensibilidad que es bastante más que una mera aptitud privilegiada frente a las palabras; que es la sospecha de un horizonte en que las mismas, pueden llegar a nombrar el absurdo y volverse contra el lugar común en que el uso las alinea.

Haber sido partícipe de un momento histórico de total ruptura de aquello que parecía más sólido; del colapso de las antiguas y venerables estructuras en que, mal que mal, descansaba la confianza de la ciudadanía, tuvo que necesariamente provocar un desfase semántico en el lenguaje frente a los ojos de espíritus lúcidos como el de Jorge Torres. Un lenguaje que de pronto se vacía de su trascendencia y aún de sus significados más cotidianos por obra y virtud de cambios tan drásticos que parecen transformar toda palabra en sospechosa. Significados que pueden ser más o ser menos en el diario intercambio de sentidos. De manera que, la conciencia del lenguaje como una maquinaria que de pronto dis-funciona, mostrando las fisuras absurdas en que se desenvuelve la vida cotidiana, lleva a Torres a presentar uno de sus proyectos poéticos más ambiciosos. Tal es “Poemas encontrados y otros pre-textos” (1991). Probablemente muchos lectores y quizás hasta críticos quieran comprender esta obra como un trabajo aparte y distinto del resto de la obra de Torres. Yo mismo sostuve esta opinión en el prólogo a dicho libro. Actualmente, sin embargo, no me parece posible mantenerla. Creo que existe una profunda conexión entre los poemas encontrados y los poemas escritos por Torres. Creo asimismo que es obvio que dicha conexión se halla en el mismo gesto semántico que alimenta toda su escritura. Es decir, en aquella conciencia del lenguaje que recién mencionábamos. Hay una consistencia básica y fundamental que articula todo el proyecto poético Torres y esta consistencia es la apelación al poder curativo del lenguaje, único recurso al cual ampararse. Naturalmente, dicho lenguaje no era, no podía ser, el lugar común del verbo autocomplaciente, sino las raras palabras desolladas y palpitantes de la poesía genuina, aquellas que Torres tuvo el valor de salir a encontrar.

Dr. David Miralles

Villanova University

Pennsylvania

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